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-Se original-

miércoles, 30 de enero de 2013

El rostro de la pobreza

Vió que su madre volvía a tomar esa manía, la ansiedad había regresado, aunque la verdad, oculta, siempre se había mantenido presente. 
Volvió a mirar las monedas entre sus manos, quería llorar, pero no se lo permitió, tenía que mostrarse fuerte, no podía permitir que su madre la viera así. Por un momento quiso quedarse ahí, aguardar la muerte lenta y sucumbir al olvido de una vida llena de carencias. Su semblante se estaba viendo afectado, poco a poco se moldeaba con la preocupación y una furia contra el vacío, sus pensamientos se disolvían y apenas podía vislumbrar algún fragmento del presente pero no dejo que ella lo notara. Entonces volvió a contar cada una de las monedas que tenía en sus manos, sabía que ni siquiera era suficiente para sobrevivir ese día. Su madre seguía sentada con esa angustiosa mirada en su rostro, mordiéndose las uñas. 
-¡Basta!- gritó a su madre. -Deja de preocuparte, vayamos a conseguir algo de comer-dijo con toda la convicción que le quedaba. 
La madre no espetó nada y se levantó inmediatamente. Ambas salieron de aquella pequeña casa sin decir nada,  aventurándose al mundo por un poco de alimento.
La única opción que tenía era aquellos ahorros que guardaba, ahorros que se consumían una y otra vez con el tic tac del tiempo, que la apresuraba y de repente, casi sin darse cuenta, nada, no había nada. 
Así era su vida, ella soñaba con salir de ella y no volver a regresar a esos días oscuros, en que morir de hambre podía ser su única realidad.



By Pandora

viernes, 18 de enero de 2013

La chica de la habitación 509

Temía salir, el mundo me parecía demasiado grande y yo, tan pequeña. Procure quedarme ahí, observando desde la ventana las pequeñas gotas de lluvia perderse una tras otra. Incluso los ruidos de la lluvia me asustaban de vez en cuando. De alguna forma siempre había permanecido oculta, no conocía más mundo que el que me aguardaba en mi propia realidad y así había decidido quedarme durante años. 
Aquella habitación en la que me hallaba se había vuelto mi refugio. A veces durante las noches me gustaba salir de ella e iba al pequeño restaurante que se encontraba en aquel hotel, podía escuchar por horas las melodías que eran creadas desde las teclas de aquel piano para el confort de la multitud y yo me quedaba ahí sentada al pie de las escaleras, inmóvil, sin escuchar siquiera el paso de la gente que pasaba a mi lado, a veces me parecía escuchar mi nombre entre la muchedumbre pero nunca fije la mirada en otra cosa que no fuera aquella música y cuando terminaban de sonar las notas sentía que se me partía el alma. Apenas estaba conociendo lo que era sentir y me parecía dolorosamente maravilloso. Entonces aquel joven pianista, al final de la velada,  se acercaba a mi y me daba un dulce y un tierno beso en la frente de buenas noches, sabía que era el momento de volver a aquella habitación, la 509. Me apresuraba a regresar, no sin antes observar a la gente salir de aquel lobby, salir a aquel mundo exterior que me era ajeno y extraño. A veces me sorprendía la cercanía a la que me hallaba de aquellas grandes puertas de cristal y podía sentir el gélido aire alborotar mi cabellera, desde ese lugar podía escuchar los sonidos del mundo, desde el claxon del taxi, el murmullo irreconocible de las voces humanas o el repiqueteo de las gotas de lluvia al caer en las sombrillas. En ocasiones me acercaba un poco más, a veces creía que estaba a punto de salir, de lograr vencer mi temor, pero me volvía a hallar el miedo y me sostenía fuertemente, atándome a aquel viejo hotel, creía sonreír amargamente para mis adentros y me sorprendía la rapidez con la que había crecido, solo esperando. La soledad que me acompañaba era sofocante, aun con los años no logré acostumbrarme a ella. Era curioso saber que me sentía tan sola en un hotel lleno de gente, ni siquiera mi padre, dueño de aquel hotel, me dirigía la palabra en sus horas libres. 
Llego finalmente el día en que decidí acercarme al mundo. Aquel día de poca cordura nevaba, fue así que decidí conocer la nieve. Volvía estar paralizada por el miedo, al pie de aquellas puertas que me parecían gigantes, ya habían pasado algunos años desde la última vez que estuve ahí, ya era una joven pero esta vez, logré cruzar aquella línea invisible que me separaba de lo desconocido y me sentí parte del mundo. No pude evitar reír, mi alma a pesar del frío externo, sintió la calidez fugaz de la alegría que no había sentido antes. Incluso tomé un poco de nieve entre mis manos y deje que helara mis huesos, que recorriera todo mi cuerpo aquella nueva sensación. En ese momento mire aquel lobby que estaba a mis espaldas, y un aire de nostalgia me invadió, sabía que no regresaría y empecé a caminar, dejando todo tras de mi.  Ese día me perdí en el mundo, no volví nunca más a aquel hotel que había sido mi hogar. 

miércoles, 9 de enero de 2013

Inusitada tormenta


Estaba leyendo en la comodidad de aquel sofá a la luz de una lámpara y una taza de chocolate humeante, aquellas palabras, aquel texto había atrapado todos mis sentidos que no me había dado cuenta del repiqueteo de la luz artificial, de pronto escuché el sonido casi imperceptible del viento, como un susurro escalofriante que azotaba fuertemente las ventanas, haciendo todo el lugar retumbar, y entonces una estruendosa lluvia precedió a este. El silencio había sido perturbado así como la tranquilidad que reinaba hasta ese momento, pero no me deje intimidar y tome un sorbo de aquel cálido chocolate tratando de calmar mi alma inmortal.
Escuchaba el fragor en el cielo, como lamentos, lastimeros y profundos pero la lluvia no cesaba, esta tomaba cada vez más fuerza hasta ahogar mis propios pensamientos en el constante retumbar de las gotas contra el techo. Parecía que en cualquier momento estas se filtrarían en mi hogar pero eso no sucedía, trate de serenarme y seguir leyendo pero entonces las pocas luces que iluminaban mi hogar se pagaron de repente hasta quedar en una oscuridad inescrutable y audible.
No me moví, me quede ahí recostada, solo cerré aquel libro tratando de recordar la última página que había leído antes de la inusitada tormenta. Ahora las únicas luces que podía contemplar eran las mismas que el cielo creaba con cada ruido que atormentaban mis oídos. Aquel sonido lograba que mi corazón latiera más rápido de lo normal, trastornaba mis sentidos y afloraba miedos escondidos.
No lograba ver nada, pero miraba a todos lados como si lo hiciera, mi respiración era un poco agitada, trate de serenarme un poco más y pensar con claridad. Trate de distraerme un poco, así que aun contra mis deseos, cerré mis ojos por un instante y respire profundamente, escuchando cada sonido que me rodeaba, podía escuchar el motor de los coches a lo lejos acercándose rápidamente por la calle, el sonar de las llantas con la lluvia hasta desaparecer en una esquina, el constante repiqueteo de los gotas contra las hojas de los árboles en los jardines, y también las pisadas de almas andantes apresurándose para refugiarse en la seguridad de un hogar, y entonces me di cuenta de que mi respiración volvía a ser normal y mis latidos eran rítmicos como el aleteo de un ave. No estaba sola.
Abrí mis ojos nuevamente, esta vez el miedo a nada se había disipado tan rápido como había aparecido, relaje mi cuerpo y recosté mi cabeza sobre el brazo del sofá, suspiré y bostecé largamente, ahora me hallaba en un estado de somnolencia que parecía durar una eternidad pero este fue interrumpido por la repentina luz artificial que iluminaba aquel rincón en el que me hallaba. Me senté en aquellos suaves cojines de terciopelo y coloque el libro sobre la mesa, ahora recordaba perfectamente aquel último fragmento, aquella página, pero no retome la lectura para mi solaz, me quede contemplándolo por un  momento y recordé el dulce olor del chocolate caliente. Tome la taza entre mis manos, dejando que su calor invadiera mi cuerpo y lo sorbí lentamente hasta dejar pequeños trozos de lo que fuera una barra de chocolate. Deposité aquella taza ahora vacía junto a mi libro, trate de acomodarme nuevamente en el sofá y entonces apague la luz, sumiéndome en una completa oscuridad y en un mundo de sueños. Ya no tenía miedo.


By Pandora


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