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viernes, 18 de enero de 2013

La chica de la habitación 509

Temía salir, el mundo me parecía demasiado grande y yo, tan pequeña. Procure quedarme ahí, observando desde la ventana las pequeñas gotas de lluvia perderse una tras otra. Incluso los ruidos de la lluvia me asustaban de vez en cuando. De alguna forma siempre había permanecido oculta, no conocía más mundo que el que me aguardaba en mi propia realidad y así había decidido quedarme durante años. 
Aquella habitación en la que me hallaba se había vuelto mi refugio. A veces durante las noches me gustaba salir de ella e iba al pequeño restaurante que se encontraba en aquel hotel, podía escuchar por horas las melodías que eran creadas desde las teclas de aquel piano para el confort de la multitud y yo me quedaba ahí sentada al pie de las escaleras, inmóvil, sin escuchar siquiera el paso de la gente que pasaba a mi lado, a veces me parecía escuchar mi nombre entre la muchedumbre pero nunca fije la mirada en otra cosa que no fuera aquella música y cuando terminaban de sonar las notas sentía que se me partía el alma. Apenas estaba conociendo lo que era sentir y me parecía dolorosamente maravilloso. Entonces aquel joven pianista, al final de la velada,  se acercaba a mi y me daba un dulce y un tierno beso en la frente de buenas noches, sabía que era el momento de volver a aquella habitación, la 509. Me apresuraba a regresar, no sin antes observar a la gente salir de aquel lobby, salir a aquel mundo exterior que me era ajeno y extraño. A veces me sorprendía la cercanía a la que me hallaba de aquellas grandes puertas de cristal y podía sentir el gélido aire alborotar mi cabellera, desde ese lugar podía escuchar los sonidos del mundo, desde el claxon del taxi, el murmullo irreconocible de las voces humanas o el repiqueteo de las gotas de lluvia al caer en las sombrillas. En ocasiones me acercaba un poco más, a veces creía que estaba a punto de salir, de lograr vencer mi temor, pero me volvía a hallar el miedo y me sostenía fuertemente, atándome a aquel viejo hotel, creía sonreír amargamente para mis adentros y me sorprendía la rapidez con la que había crecido, solo esperando. La soledad que me acompañaba era sofocante, aun con los años no logré acostumbrarme a ella. Era curioso saber que me sentía tan sola en un hotel lleno de gente, ni siquiera mi padre, dueño de aquel hotel, me dirigía la palabra en sus horas libres. 
Llego finalmente el día en que decidí acercarme al mundo. Aquel día de poca cordura nevaba, fue así que decidí conocer la nieve. Volvía estar paralizada por el miedo, al pie de aquellas puertas que me parecían gigantes, ya habían pasado algunos años desde la última vez que estuve ahí, ya era una joven pero esta vez, logré cruzar aquella línea invisible que me separaba de lo desconocido y me sentí parte del mundo. No pude evitar reír, mi alma a pesar del frío externo, sintió la calidez fugaz de la alegría que no había sentido antes. Incluso tomé un poco de nieve entre mis manos y deje que helara mis huesos, que recorriera todo mi cuerpo aquella nueva sensación. En ese momento mire aquel lobby que estaba a mis espaldas, y un aire de nostalgia me invadió, sabía que no regresaría y empecé a caminar, dejando todo tras de mi.  Ese día me perdí en el mundo, no volví nunca más a aquel hotel que había sido mi hogar. 

1 comentario:

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